The Other Yao

Doctor Yao was a prodigious physician. For ten years, he worked seventy hours a week and saw twenty-five patients a day. Perhaps it was his destiny to work hard. His ancestry never interested him in the least, but he knew that his name meant “demanding” in Mandarin. So, he strove to be the best. In medical school, seduced by the mysteries of science, he traded the pleasures of youth for the white coat. In residency, under the pretext of being more objective with diagnoses, he avoided touching patients to evade the strange feelings that arose from the physical exam. And at work, to save fifteen seconds from every visit, he never introduced himself to the patient. Now at forty, he had almost achieved his ideal career in all but one aspect: he had Calisto.

Calisto was a passionate man. For ten years, he found a profound beauty in experiencing shared emotions with his patients. He identified with the immigrant communities he served and was honored to play a role in their triumphs and failures. In his free time, he flirted with his receptionist who had taught him phrases in Mandarin. When he realized that his last name also meant “medicine”, he dreamed of traveling to China to study acupuncture. However, after ten years he felt burned out. In medical school, he was motivated by the beautiful possibilities of the future. By residency, he had accepted the painful realities of medicine. And ever since the imposition of daily patient quotas, he resented having to reduce patient visits by fifteen seconds. He dreamt of recapturing the passion he had previously. According to Doctor Yao’s gestalt, Calisto suffered from an undiagnosed psychiatric derangement. Why else would someone care so much about fifteen additional seconds with the patient?

One night, upon returning from work, Doctor Yao sank into his favorite green velvet easy chair and reviewed patient charts while sipping his coffee. Under the light of the brand-new television, he noticed that Calisto had fallen asleep. Calisto’s head was propped in the crook of his hand while the familiar documentary about Mario Benedetti flickered in the background. At this moment, Doctor Yao became immobilized with rage. He already paid the electric bill, but where did the television come from? After turning off the useless appliance, he rabidly ran up to the bedroom. In backdrop of the deafening silence of midnight, he shouted insults at Calisto for wasting money on such a useless thing. He had put up with Calisto’s idiotic behavior for forty years and couldn’t tolerate it for even one day more. Calisto went to bed without saying anything, but upon the next morning, he had committed suicide.

At first, Calisto’s death was a small inconvenience for Doctor Yao because now nobody reminded him to sweeten his coffee. After three days of drinking nothing but terribly bitter brew, he had an epiphany. He realized that he could now dedicate himself completely to his work and wildly hurried towards the clinic. From a distance, he saw his receptionist and nurse. He felt a strange sensation in his chest, something he couldn’t describe. Meloncholy? Fear? Attraction? When they passed, they did not address him, but he overheard their hushed whispers. “Poor Doctor Yao. And to think that he used to be so nice and optimistic.” Doctor Yao had no other choice but to slow down because he started to feel a tightness in his chest, the prodrome of an infarction. However, if only Calisto were present, Doctor Yao would have recognized the signs of regret.

The Other Yao

El doctor Yao era un médico portentoso. Durante diez años, trabajó setenta horas por semana y atendió a veinticinco pacientes al día. Pensaba que era su destino trabajar mucho- nunca le interesaba aprender más de la cultura de sus antepasados, pero sabía que su apellido significaba ‘exigir’ en chino y por lo tanto siempre se esforzó por ser el mejor. En la escuela de medicina, se enriqueció de la cultura de la medicina, de manera que cambió los placeres de la juventud por la bata blanca. En la residencia, para ser más objetivo con el diagnóstico, trabajó duro para hacerse inmune a los sentimientos que conlleva el contacto humano; y en el trabajo, para ahorrar quince segundos en cada visita, nunca se presentaba ante el paciente. Ahora con sus cuarenta años, casi había logrado su carrera ideal en todos aspectos en menos una cosa: tenía a Calisto.

Calisto era un hombre apasionado. Durante diez años, encontró una belleza profunda en experimentar todas las emociones que abarca la medicina. Se sentía identificado con sus pacientes inmigrantes y le dio mucho placer en compartir en sus triunfos y fracasos. En su tiempo libre le hacía piropos a su recepcionista quien le había enseñado chino. Cuando se dio cuenta que su apellido significaba ‘medicina’ además de ‘exigir’, soñó con viajar a China para estudiar acupuntura. Sin embargo, se sintió poco a poco decepcionado por el sistema. En la escuela de medicina, se sentía inspirado y motivado por las hermosas y grandes posibilidades del futuro. Durante la residencia, aprendió las dolorosas limitaciones de la medicina actual. Y en el trabajo, cuando tenía que encontrar manera de ahorrar quince segundos en cada visita, soñó con tener la misma ilusión del pasado. Según los presentimientos de doctor Yao, Calisto padecía de un trastorno psiquiátrico no diagnosticado. ¿En la medicina, a quién le serviría tendencias tan fútiles como los sentimientos?

Una noche, el doctor Yao volvió del trabajo y se sentó en su querido sillón de terciopelo verde. Le faltaba revisar los expedientes de los pacientes y tomó su café como siempre. Bajo la luz de la recién adquirida televisión, parpadeaba el mismo maldito documental sobre Benedetti, pero esta vez Calisto se durmió con la cabeza apoyada en un rincón de su mano. En ese momento, el doctor Yao se quedó congelado del enojo y no supo que hacer. ¡Ya habían pagado la cuenta de la luz, pero a la de la televisión le faltaban al menos once mensualidades! Después de apagar el aparato sumamente inútil, se fue corriendo encolerizado a la cama. En el silencio ensordecedor de la medianoche, insultó a alaridos a Calisto por malgastar los recursos de la casa. Llevaba cuarenta años con estas estupideces y no aguantaba ni un día más. Calisto no dijo nada, pero al siguiente día se había suicidado.

Al principio, la muerte de Calisto fue una pequeña inconveniencia para el doctor Yao, puesto que ya no tenía quien le recordara de echarle azúcar a su café. Después de tres días de café horriblemente amargo, decidió que ahora podía dedicarse enteramente a su labor y salió corriendo al trabajo. Desde lejos vio que se acercaba su recepcionista y enfermera. Eso le llenó su pecho de una sensación extraño, algo que no podía describir. ¿Melancolía? ¿Temor? ¿Atracción? Cuando pasaron junto a él, ellas no le hablaron, pero alcanzó a escuchar que comentaban: «Pobre doctor Yao. Y pensar que era tan ilusionado y simpático». El doctor Yao no tuvo otro remedio que demorar porque sospechaba síntomas de un infarto. Pero si solo estuviera Calisto, el doctor Yao podría haber reconocido los signos del arrepentimiento.

Jason Chen is a medical student in the University of Utah School of Medicine class of 2021. After his second year of medical school, he completed a Masters in Public Health at the University of Utah Asia Campus. As an undergraduate, he majored in Spanish and Biology. In his spare time he enjoys watching telenovelas, Zumba, and improving his Mandarin.

Rubor Participation:
2019 Short story, "The Other Yao," web edition
2018 Rubor Staff
2017 Rubor Staff